VIVENCIAS: CINCO REALES Y UNA GRAN LECCIÓN


Cuando yo era un chavalo, de unos diez u once años ya que fue antes del terremoto del 72, doña Emilda, una de aquellas señoras legendarias del barrio, me había confiado la responsabilidad de llevarle el almuerzo todos los días a su hijo Reynaldo quien trabajaba de chofer de un bus de la ruta once, los Transportes Modernos, que tenían su parqueo en la Máximo Jerez desde donde salían para atravesar toda la ciudad de Managua y llegaban hasta el barrio San Judas. A mí me gustaba esa responsabilidad porque aprovechaba para hacer toda la vuelta. Yo llegaba de la escuela y salía corriendo hacia donde doña Emilda, ella me entregaba la comida en unas panitas amorosa e impecablemente envueltas en un mantel de manta que tenía unas flores bordadas, se sentía lo calientito de la comida y olía sabroso. Me iba a la primera parada de la Máximo a esperar a que pasara Reynaldo en aquel bus ñato celeste, Blue Bird, marca Cuming. Cuando llegaba era el primero en subirme, le entregaba el motetito que había armado su mamá y me sentaba en el primer asiento contando las paradas, viendo la gente subiendo y bajando, atravesando aquella Managua bonita que teníamos y después de llegar a la esquina de la Ofelia Rocha en Altagracia donde se acababa el pavimento, empezar a tragar polvo en aquel camino que se hacía interminable hasta llegar al barrio san Judas donde quedaba la terminal. Un día llegamos a esa terminal y como siempre Reynaldo se bajó del bus para almorzar. Y como siempre me dejó ordenando las monedas y los billetes del pasaje que se echaban en una cajita de madera que tenía varios compartimentos para las distintas denominaciones de monedas. Pero un día fue diferente. De repente sentí el deseo de esconder dos monedas de a chelín, o sea de veinticinco centavos, o sea cinco reales. Pensé cuanto podía hacer con cinco reales al día siguiente en la escuela. Yo que a veces lo más que llevaba era un real que alcanzaba para comprar un polvorón y un bolis. Cinco reales era un capital. Agarré las dos monedas y me las eché en la bolsa del pantalón. Al rato, cuando le tocaba la salida a Reynaldo, subió al bus, lo encendió, me entregó las panitas de la comida envueltas en un motete. Me miró y sonrió con la amabilidad que siempre le caracterizó. Me preguntó que si todo estaba bien y yo le contesté moviendo la cabeza que sí. Me quedó viendo y me volvió a preguntar si estaba seguro que todo estaba bien y yo, que sentí algo feo dentro mi, algo que no me permitía mirarlo a la cara, moví la cabeza diciéndole que si. Pero luego vino una pregunta que me inmovilizó, ¿Estás seguro que no tomaste nada de la caja? Yo baje la cabeza, saqué las dos monedas de la bolsa del pantalón y se las enseñé. El las tomó, las puso en la caja y me dijo que si alguna vez yo necesitaba algo que se lo pidiera que con todo gusto me lo daría, pero que no tomara las cosas ajenas cuando nadie me estaba mirando. Después con la mano derecha me alborotó el pelo sonriendo y salió en el recorrido de regreso que yo, a lo mejor por la vergüenza, sentí el más largo. Aquel fue un día en eso feo dentro de mi me hizo hacer el recorrido con la cabeza inclinada hacia abajo. Pero por aquellos cinco reales recibí una de las lecciones más importantes de mi vida. Una lección que he procurado practicar hasta hoy. Una lección que hizo que nunca más volviera a bajar la cabeza por vergüenza.

Martin Somarriba Mejía
Managua, 7 de Noviembre del 2017

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